Relatos eróticos: Dispersando las dudas

A veces me he sentido cansado de acumular aventuras que como barcos de papel, se van hundiendo poco a poco hacia los horizontes de la nada. Pero no puedo decir que este sea un pensamiento que me cale demasiado hondo. Puede que incluso sea impropio de mi. Yo que hago gala hacia mis propios infinitos de cierta ética intachable y que cuyas páginas me salto a menudo con mis provocadores argumentos hedonistas. Dejándome vencer ante ellos como el que se deja caer por una vida que comprende buscando el no querer comprenderla.

Recuerdo ahora sus palabras. Las de esa abogada que ahora me espera en su casa cuando me dijo: Tu libertad termina cuando afecta a la mía.

Sin embargo no puedo evitar filosofar sobre qué demonios es eso a lo que llamamos libertad. ¿Es un disfraz? ¿Algo que nos ponemos para aparentar ser más chulos que un ocho? ¿Quizá para aparentarlo ante nosotros mismos? ¿O es una simple estratagema de esta vida que juega a las cartas con nosotros? ¿Es solo un argumento caprichoso? ¿Cómo puede una libertad no afectar a otra?

A veces la mayor señal de inteligencia se reduce a la mínima expresión justo antes de darnos cuenta que no tenemos ni pajolera idea y que está bien que así sea.

Sin embargo desde mi punto de vista, la libertad es algo que tiene que ver más con la no dependencia que con los actos en sí propios o ajenos, tan a menudo difíciles de analizar.

—¡Espero que vengas con hambre! —espeta animada nada más abrirme la puerta.
—Pues no te voy a negar que algo de hambre traigo.

Empiezo a mirarla con atención. Como suele ser habitual en ella, me recibe con un generoso escote embutido en uno de esos sujetadores capaces de sacarle los ojos a toda la corte de los apóstoles de Jesús. Algo a mi parecer totalmente desmerecido, pues sabiendo de antemano lo que ahí bajo se esconde, ningún ojo debería ser sacado de su estructura por culpa de un tal Intimissimi o como se llame con sus engañosos push up. Aunque bendito sea el engaño si es para alzarnos a volar sobre las dulces gaitas del deseo, ¿verdad que sí?

Pensamientos que se van rápido de mi cabeza al ver su esbelto culo saludando con un giro de cadera más que pomposo. Se ve que está contenta y no es para menos. La cosa promete…

—Veo que te gusta la cocina, menuda tienes aquí montada.
—Pues sí, me encanta. Y ya te aviso de que esto te va a volver loco.
—La verdad es que buena pinta tiene.

Miento. La pinta es más bien de regulera tirando a dígale al chef que venga a ver si tiene él los huevos que hacen falta para hincarle el diente a esto. Cosa que obviamente me callo más por educación que por mis segundas intenciones degustativas. Sí, esas que apuntan más a devorar lo que sacia mi sexo y mi mente más que mi estómago.

Rápidamente, mientras Marta la abogada continúa jugando a ser chef y yo pienso en si estará abierto un Miércoles por la noche el McDonald’s de vuelta a casa, voy echando un vistazo a ese típico piso de estudiantes suyo con decoración de abuela retirada a casa de los hijos. Encontrándome un salón relativamente grande, con una televisión moderna destacando sobre la antigüedad de todo lo demás. En frente un sofá con una sábana blanca, también de los años 50 y una mesa a ciencia cierta ridícula que es donde avecino me va a tocar cenar.

—¡Ayúdame con esto anda!
—Por supuesto, siéntate. Tú has hecho ya de cocinera, me toca a mi servirte el resto de la noche.
—Ah, ¿sí? ¿Y vas a servirme todo lo que yo quiera?
—Yo soy más de servirte lo que yo sé que te va a encantar. A los buenos camareros no hace falta pedirles las cosas, ¿sabes? Ellos ya saben lo que quieres.
—Puede ser, pero a mi me gusta mandar —espeta con un gesto de agresividad mientras ambos tomamos asiento en la mesa.
—Algo he podido percibir de esa apetencia de abogada tuya. ¿Te gusta sentirte con poder verdad?
—Me encanta.
—¿Y qué es lo que ocurre cuando te lo quitan pero en apariencia parace que aún lo tienes?
—No lo sé, a mi nunca me ha pasado eso —contesta con un aire chulesco.

Como imaginaba, la cena es una mierda. Lo cual tampoco me desanima pues estoy acostumbrado a cocinarme a mi mismo cualquier porquería.

—Eres un chulita pero te lo perdono. Esto está muy bueno —afirmo soltando una de las mentiras más descaradas de mi vida.
—Claro que sí, a ver qué te pensabas.
—Pues si me lo preguntas, hay algo que sí pienso de ti que creo que te hace bastante especial.
—No creo que vayas a sorprenderme, pero inténtalo…
—Me encanta que debajo de esa apariencia de seguridad y confianza extrema, a veces muestras algunos gestos de inseguridad que te vuelven realmente arrebatadora.
—¿Yo gestos de inseguridad?
—Sí. Uno de ellos lo vi la primera noche que nos conocimos. Cuando te negabas a que nos acostáramos por más que yo lo intentara  y por mucho que nos restregáramos en la cama.
—Ya te dije que yo la primera noche con un chico no me acuesto.
—Dudo que seas una firme defensora de esa clase de tópicos. Yo creo que más bien te daba miedo. Te avergonzaba.
—Me acojo a la quinta enmienda… —sonríe argumentando su no respuesta.
—¿A caso temes sentirte insegura conmigo, o incluso, reconocer que te hayas sentido así?
—Me niego a responder —espeta riéndose más animada.

Continuando con su juego de respuestas de acusado que se ampara en la ley, en ese momento me levanto, acercándome a ella mientras giro bruscamente su silla para ponerla justo en frente de mi. Agachando para besar su sexo con una fuerte presión por encima de su pantalón ceñido. Sintiendo su calentor en mis labios pese a los vaqueros.

—No hace falta que me respondas con palabras, dispongo de otros mecanismos para que desees acabar dándome la razón —susurro al tiempo que la miro desde esa posición.
A escasos centímetros de su sexo mientras subo para darle un suave mordisco en la zona del ombligo.
—¿Nunca pensaste en estudiar abogacía? No se te da nada mal la persuasión…
—¿Te gustaría que te acariciara justo aquí, paseándome lentamente con mi lengua mientras disfruto de tu sabor? —susurro percibiendo como ella comienza a sulfurar—. Sí, ¿no? Pues para eso antes quiero mi respuesta.

Me reincorporo para sentarme en mi silla. Su mirada me fulmina. Es evidente que no se esperaba algo así.

—¿Me puedes recordar la pregunta? —murmulla riéndose con un claro gesto de una excitación que intenta contener.
—Quiero descubrir cómo eres. Cómo eres debajo de esa fachada de seguridad. Descubrir la belleza de verte de cara ante la incertidumbre y sentir que todo escapa de tu control.
—Vale, lo reconozco. Me daba un poco de vergüenza acostarme contigo esa noche.
—¿Vergüenza?
—Bueno, quizá vergüenza no sea la palabra exacta. Más bien estaba un poco acojonada. Pero también es algo que tú mismo te buscaste con tanto misticismo espiritual y tanta insinuación.

Tras su revelación descubro lo que estaba buscando y que en el fondo ya sabía. La había intimidado y eso había sacado a relucir una de sus más bellas imágenes de sí misma. Algo que aunque aquella noche me hubiese dejado a dos velas y con un quisquilloso dolor de huevos, sin duda ahora apreciaba y provocaba que me excitara cada vez más.

—¿Tienes dudas sobre mi?
—Tengo dudas sobre qué se supone que va a pasar entre nosotros.
—Eso es bueno, yo creo que la duda siempre es un ingrediente fundamental en aquellas cosas que nos hacen vivir con total emoción. Pero el problema no son las dudas, el único problema es pararse ante ellas. El deseo de dejarse llevar y lanzarse hasta las últimas consecuencias es lo que para mi, en definitiva, hace que las cosas merezcan la pena y que los temores se acaben cayendo.
—Eso es muy fácil decirlo.

En su rostro puedo percibir la mirada de los guerreros caídos en batalla. Con la suma de sus heridas acumulándose e impidiéndola levantarte aunque quisiera. Algo que lejos de darme pena, me enternece y me anima a ser yo quien le lance un salvavidas.

—Siempre habrá momentos en los que simplemente tendrás que aguantar los golpes. Momentos en los que te tendrás que morder los dientes. Momentos en los que tengas la sensación de no saber ni donde meterte. En los que querrás huir, escapar de todo quizá en busca de un sitio en el que respirar por fin más libremente. No lo sé… sencillamente es parte de la vida.
—Lo sé. Y sé que esa realidad no debe impedirme disfrutar de lo que tengo delante, pero ¿qué tengo delante? A costa de quién voy a lanzarme a una nueva lucha y qué voy a descubrir de esa persona en nuestras próximas batallas.
—Tu mayor temor es que te acaben decepcionando, ¿no?
—Es posible, no estoy segura —sonríe dando por zanjado un tema que por más que intenta ordenar solo le hace meterse cada vez más en un profundo caos.

Tras sus revelaciones, sin poder contener los movimientos de mi cuerpo, me levanto bordeando su silla para agacharme y abrazarla desde atrás. Besando su cuello al tiempo que siento que sus ojos se cierran al paso de mi tacto. Oliendo su cuello, cayendo, dejándome caer…

—Yo tengo un pequeño lema —susurro como el confidente que va a proponerte una vida de pecado—, y es que si no puedo huir de mi enemigo, lo mejor es que intente convertirlo en mi aliado.
—¿Y qué se supone que debo entender de eso querido Nietzsche? —pregunta justo antes de darme un cálido y húmedo beso en los labios.
—Que si la duda es tu enemiga, aprendas a hacerte fuerte ante la duda —susurro mirándola fijamente—. Quizá dejando que las dudas hagan que todo se vuelva más apasionante. No buscando evitarla, sino el querer apreciarla. Yo no puedo quitarte las dudas porque te diga lo que te diga la vida continuará siendo imprevisible y no sería consciente que intentáramos verla de otra forma.
—Ya, no podemos prometernos nada, hasta ahí llego…
—Ahí te equivocas, sí podemos prometernos algunas cosas.
—Mmmmm, ¿y se puede saber el qué? —continúa preguntando mientras alcanzo a quitarle la camiseta.

Liberando su piel, empiezo a acariciarla desde su firme y plano abdomen hasta sus pechos. Subiendo lentamente, deteniéndome sin prisas. Mordiendo el lóbulo de su oreja. Sintiendo como su cuerpo se estremece y su respiración se entrecorta.

—Puedo prometerte, como te he dicho antes, que quiero sentir tu sabor en mi boca. Sentirte explotando sobre mis labios. Lenta, rápida o fugazmente, no importa.
—Esa no sería mala manera de dispersar dudas —susurra al levantarse.
Susurra justo antes de agacharse, quitarme el cinturón y meterme caliente y duro en su boca.

La muy cabrona se ha anticipado a mis próximo pasos. Estoy ahora sucumbido a los juegos de su lengua, succionándome con desesperación por unos momentos y muy despacio en otros, cuando alza su vista hacia mis ojos. Saboreando y saboreando, sonriendo por dentro. Moviendo en círculos su lengua sobre mi sexo. Sintiéndose como es, seductora. Poderosa. Jovial. Divertida. Escuchándola gemir mientras aprieta mi sexo con sus labios una y otra vez tensionando todo mi cuerpo.

—Levántate —le ordeno.
—¿Qué? ¿Qué quieres hacerme?

En ese momento la empujo contra el sofá y su pantalón no se me resiste ni un minuto. Lo dejo caer contra el suelo mientras la insto a darse la vuelta para acabar colocándola en la posición de perrito. Admirando su culo terso y empinado mientras me agacho a chupar su sexo con mi lengua para acabar introduciéndome en su interior. Y el tiempo pasa y pasa, follando y follando hasta que una de sus vecinas le grita al otro lado de la pared que dejemos de follar de una vez, a lo que ella le contesta a gritos una de las frases más sabias que jamás he oído: ¡follo lo que quiera que estoy en mi casa!

Qué dulce dispersar las dudas de esta formas…

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Las dudas no son el problema. El único problema es pararse ante las dudas, pero si sientes dentro de ti el deseo de hacerlo hasta las últimas consecuencias, al final todos los temores se acaban cayendo. Resiste una vez más, sola una vez más. Y otra. Y otra. Y otra. Y otra… Hazte fuerte ante la duda y aprende a salir indemne de ella para que no sea esta la que te haga tirar la toalla, sino la que haga la lucha más apasionante.

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David Belmonte
David Belmonte
https://bravetys.com/
David Belmonte es Graduado en Marketing por la Universidad de Murcia, Máster en Inteligencia Emocional y Mindfulness por la Universidad de Valencia, Experto Creativo por la Universidad San Jorge y MBA. Con 20 años de experiencia, está considerado como el autor de habla hispana más innovador en el área de las habilidades comunicativas aplicadas a las relaciones sociales y la seducción. Creando un modelo de comunicación emocional que encontrarás en su Máster online así como en sus libros Despierta Belleza, El don de la labia y Ligar por WhatsApp.

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